Para
mí, decir que iba a Edimbugo era como visitar algo que siempre quise, peo nunca
lo hice, Le daba largas, porque siempre he considerado que Escocia debería ser
independiente y, entonces, yo la visitaría. Pero el tiempo pasaba y, con 78
años, ya me parece que no lo va a conseguir. Así que decidí visitar Escocia.
¿Hice bien? ¿Hice mal? No lo sé, a medida que vayan leyendo lo irán
comprendiendo. Espero.
Salí de Bailén, mi hogar sobre las 5h de la madrugada junto
a un grupo de personas de una asociación, a la cual pertenece mi mujer, pero no
deja pertenecer a los hombres. Raro, ¿no? Llegamos a Málaga aeropuerto, con la
hora muy justa para hacer el embarque, que además se complicó porque las
máquinas que validaban las tarjetas de embarque estaban averiadas y debimos
hacer cola ante las ventanillas. Y, ¡oh!, casualidad, solo había una, de 4,
operativas. Estoy hablando de Ryanair, claro. El que haya viajado con esta
compañía sabe a lo que se expone.
Pasamos
el control de equipajes, sin problemas y, cuando nos pusimos a la cola del
control de policía para verificar identidad del pasaporte, la cola era enorme.
Pensé, al menos yo, que no llegaría a coger el avión; porque, como es lógico,
Ryanair, al ser de bajo coste, no tiene entrada directa al avión, sino que has
de ir a la última puerta de embarque, bajar las escaleras, andar por la pista y
subir las escaleras del avión. Llegué, junto a mi mujer y algunos compañeros a
la puerta del avión, a las 10’35h. el vuelo salía a las 10'45h. O sea, con el
agua al cuello. Después de 5’30h estábamos, OTRA VEZ, sentados. Y, cuatro horas
más tarde, sentados en los asientos de Ryanair, duros, estrechos, aterrizamos
en Glasgow. A las 13’40h. Menos mal que el aeropuerto no es grande. A las
14’30h estábamos, otra vez sentados, en el restaurante. La comida era buena,
muy buena. Y la cerveza, también.
Terminamos
de comer; otra vez al autobús y, dos horas después, casi de noche, llegábamos a
Edimburgo. La guía, ni corta ni perezosa, sin bajarnos del mismo, nos dio una
panorámica de Edimburgo, de noche, en la que apenas veíamos los edificios (se
la podía haber ahorrado). Llegamos al hotel, repartieron las habitaciones y nos
fuimos a cenar, al lado del hotel aun restaurante buffet libre. Muy bueno. Pero
sentados, claro. Cuando terminamos de cenar y llegamos al hotel, echamos todos
la cuenta de las horas que habíamos estado sentado, en un sitio u otro, desde
que salimos de Bailén. Un total de 16’50 h. Una auténtica barbaridad.
No
obstante, antes de meternos en la ducha y en la cama, algunos nos dimos una
vuelta por los alrededores del hotel y conocer la Iglesia de St. Jhon’s y la
Catedral Católica de Edimburgo, situadas al lado del hotel. Aunque parezca
mentira, a las 10 de la noche estábamos en la cama, durmiendo profundamente.
Había sido un día muy duro, durísimo. Ya estaba empezando a arrepentirme de
haber ido a Escocia.
Lo
bueno que tenía el hotel era su ubicación, entre la parte nueva y la parte
vieja de la ciudad, pues estaba al inicio de York Pl y paralela a Princes
Street. Y muy cerca del monumento a Douglas Stewall. Nos dimos una ducha reparadora
y nos metimos en la cama, con el tiempo justo de darnos un beso y echarnos a
dormir. Al día siguiente, salíamos temprano, para el Castillo de Sterling.
Madre mía.
Cándido
Lorite
26/03/2026

Una viaje de epopeya
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