jueves, 26 de marzo de 2026

EDIMBURGO. EL LARGO VIAJE HASTA ALLÍ

 

                        

 

       

Para mí, decir que iba a Edimbugo era como visitar algo que siempre quise, peo nunca lo hice, Le daba largas, porque siempre he considerado que Escocia debería ser independiente y, entonces, yo la visitaría. Pero el tiempo pasaba y, con 78 años, ya me parece que no lo va a conseguir. Así que decidí visitar Escocia. ¿Hice bien? ¿Hice mal? No lo sé, a medida que vayan leyendo lo irán comprendiendo. Espero.

         Salí de Bailén, mi hogar sobre las 5h de la madrugada junto a un grupo de personas de una asociación, a la cual pertenece mi mujer, pero no deja pertenecer a los hombres. Raro, ¿no? Llegamos a Málaga aeropuerto, con la hora muy justa para hacer el embarque, que además se complicó porque las máquinas que validaban las tarjetas de embarque estaban averiadas y debimos hacer cola ante las ventanillas. Y, ¡oh!, casualidad, solo había una, de 4, operativas. Estoy hablando de Ryanair, claro. El que haya viajado con esta compañía sabe a lo que se expone.

Pasamos el control de equipajes, sin problemas y, cuando nos pusimos a la cola del control de policía para verificar identidad del pasaporte, la cola era enorme. Pensé, al menos yo, que no llegaría a coger el avión; porque, como es lógico, Ryanair, al ser de bajo coste, no tiene entrada directa al avión, sino que has de ir a la última puerta de embarque, bajar las escaleras, andar por la pista y subir las escaleras del avión. Llegué, junto a mi mujer y algunos compañeros a la puerta del avión, a las 10’35h. el vuelo salía a las 10'45h. O sea, con el agua al cuello. Después de 5’30h estábamos, OTRA VEZ, sentados. Y, cuatro horas más tarde, sentados en los asientos de Ryanair, duros, estrechos, aterrizamos en Glasgow. A las 13’40h. Menos mal que el aeropuerto no es grande. A las 14’30h estábamos, otra vez sentados, en el restaurante. La comida era buena, muy buena. Y la cerveza, también.

Terminamos de comer; otra vez al autobús y, dos horas después, casi de noche, llegábamos a Edimburgo. La guía, ni corta ni perezosa, sin bajarnos del mismo, nos dio una panorámica de Edimburgo, de noche, en la que apenas veíamos los edificios (se la podía haber ahorrado). Llegamos al hotel, repartieron las habitaciones y nos fuimos a cenar, al lado del hotel aun restaurante buffet libre. Muy bueno. Pero sentados, claro. Cuando terminamos de cenar y llegamos al hotel, echamos todos la cuenta de las horas que habíamos estado sentado, en un sitio u otro, desde que salimos de Bailén. Un total de 16’50 h. Una auténtica barbaridad.

No obstante, antes de meternos en la ducha y en la cama, algunos nos dimos una vuelta por los alrededores del hotel y conocer la Iglesia de St. Jhon’s y la Catedral Católica de Edimburgo, situadas al lado del hotel. Aunque parezca mentira, a las 10 de la noche estábamos en la cama, durmiendo profundamente. Había sido un día muy duro, durísimo. Ya estaba empezando a arrepentirme de haber ido a Escocia.

Lo bueno que tenía el hotel era su ubicación, entre la parte nueva y la parte vieja de la ciudad, pues estaba al inicio de York Pl y paralela a Princes Street. Y muy cerca del monumento a Douglas Stewall. Nos dimos una ducha reparadora y nos metimos en la cama, con el tiempo justo de darnos un beso y echarnos a dormir. Al día siguiente, salíamos temprano, para el Castillo de Sterling. Madre mía.

Cándido Lorite

26/03/2026

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